Gracias.

Hoy después de clase, cuando iba saliendo de la u, una compañera se acercó a mí, me preguntó sobre unos materiales que debemos comprar y sobre una tarea que tenemos que entregar el viernes. No se me hizo raro que lo hiciera, porque mis compañeros creen que tengo idea sobre muchas cosas, es común que se acerquen a hacerme preguntas cuando están confundidos, así sea que nunca hablemos o que no nos saludemos siquiera. Ella, en particular, ya me había pedido indicaciones en ocasiones anteriores, incluso una vez llegué a sentirme utilizada, se copió uno de mis trabajos y gracias a eso logró pasar el primer corte de dibujo del semestre pasado, a pesar de haber faltado a más de tres clases, dije que no volvería a alcahuetearle su vagancia. Sin embargo, esta vez no se me quitaba nada con ayudarla en lo que necesitaba, solo tenía que responder un par de preguntas y eso hice. Y parece que empezó a sentirse lo suficientemente en confianza como para intentar hablar de manera casual conmigo después de eso. Me contó algunas cosas sobre ella y me preguntó algunas cosas sobre mí. Yo respondí a regañadientes y no le di mucha continuidad a la conversación, no se me ocurrían muchas preguntas que pudiera hacerle. En cuanto puse un pie en el paradero de buses, me despedí de ella y me subí en el primer Coolitoral que pasó.

(Justamente acabo de recibir este mensaje:Sin título
Speak of the devil and he shall appear, A.k.a.: “qué casualidá”.)

Después de un rato de mirar por la ventanilla y divagar en mis pensamientos, noté que la vocalista de una banda local que tú y yo conocemos, iba también en ese bus, sentada en la primera fila, al lado de la puerta. Pensé en saludarla de lejos, pero recordé que ella no me conocía y que seguramente sería raro. Cuando la persona que iba a su lado se bajó del bus, consideré acercarme a ella y saludarla, pero nuevamente pensé que sería raro, porque no nos conocíamos, volví a abandonar la idea… Hasta que recordé lo que me dijiste una vez en el Parque Rosado sobre “hacer flexiones”. Empecé a dudar “¿Me acerco o no me acerco? ¿Me acerco o no me acerco?” Como diría Dostoievski: mi corazón palpitaba como el de un pajarito recién hecho prisionero. Resolví acercarme. ¡Hice una flexión!

– Hola, ¿Qué tal? Disculpa, ¿Tú eres la que canta en la banda Tales, cierto? –Noté que se sorprendió un poco al sentir que le hablaba tan cerca así de repente, pero se recobró muy pronto.
– ¡Holaaa… Sííí! –Me dio la mano– ¿Qué tal? Bacano –Sonrió.

Resultó más fácil de lo que pensaba. Muy pronto ella se encontró dirigiendo la conversación. Me comentó que la banda está grabando su álbum número… (No recuerdo el número) y que no tienen conciertos programados por ahora debido a eso. Me dijo también que se dirigía a la ecoaula que queda por el estadio, que necesitaba recoger unas plantas para preparar un remedio. Le pregunté si podía acompañarla para conocer el lugar, pues ya había oído hablar de él antes, me dijo que claro, que no había ningún problema. Luego de unos minutos de charla trivial, nos quedamos en silencio, yo dirigí la mirada hacia la ventanilla nuevamente, hasta que nos bajamos del bus, cruzamos la carretera con mucha precaución y empezamos a caminar atravesando el parque Metropolitano.

Mientras caminábamos, ella me iba contando que años atrás había pasado mucho tiempo en ese parque, con sus amigos, trabajando con la comunidad, pintando murales.

– Cómo ha cambiado todo esto. Y pensar que antes era un peladero. Aquí era donde         venía la gente para aprender a manejar carro. –dijo.
– Es cierto, yo recuerdo que aquí venía mi amigo Juan Carlos con su papá, precisamente a eso.
– Mira, ese lo hicimos nosotros– Me señaló una pared que estaba cubierta por un mural multicolor que aún permanecía casi intacto.
– ¿También pintas? – Le pregunté.
– Nah, yo más bien ayudaba, les traía el agua y cosas así.
– Encabezabas el comité de bienestar, ese también es un cargo muy importante.
– No sé en qué estábamos pensando, si bien podíamos hacer eso tipo cuatro o cinco de la tarde… o podíamos pasar toda la noche pintando, pero no… teníamos que hacerlo a medio día con este cule sol áspero… fumando bareta… dios mío”.

Recogió del suelo unas uvitas playeras que habían caído de un árbol muy alto y se las llevó a la boca, yo ni siquiera sabía que esas cosas se comen –“Las hormigas siempre se golean las mejores… Yo solía venir aquí y desayunar con estas vainas, me comía un montón… Venir aquí me trae muchos recuerdos, me llena de nostalgia” –.

Al fin llegamos al ecoaula, no era como yo me lo imaginaba. En realidad, rara vez los lugares terminan siendo como yo me los imagino antes de conocerlos. Ella preguntó por un profesor encargado, le dijeron que estaba en un salón dando clases. Ella se asomó por la ventana de dicho salón y saludó al sujeto con mucha emoción. Él la invitó a entrar y ella me indicó con un gesto que la siguiera. Había unos treinta estudiantes de décimo grado aproximadamente. Nos presentaron como si fuésemos invitadas de honor. Pensé que solo duraríamos cinco minutos allí mientras saludábamos, pero al profesor se le ocurrió la brillante idea de dejarnos a cargo de la clase mientras él se ausentaba quién sabe a dónde. En seguida pensé: “Zipote mierda”.

Los estudiantes tenían que exponer sus ideas sobre un proyecto que tuviera como fin mejorar o embellecer el lugar, y para eso debían utilizar material reciclado. Nosotras debíamos escucharlos y escoger la mejor idea, la cual debían desarrollar todos juntos posteriormente. Yo me puse la mano en la cabeza porque para entonces ya había alcanzado a notar que los niños eran bastante pesados y que saboteaban constantemente, soltaban comentarios inapropiados y boicoteaban a todo aquel que intentaba decir algo serio. Ese era el último lugar al que yo hubiese entrado por voluntad propia, pero quién me manda a tratar de ser sociable, tome pa que lleve. Sin embargo, mi nueva amiga me volvió a salvar el pellejo y terminó con todo eso tan pronto como pudo, yo ni siquiera tuve que decir una sola palabra aparte de mi nombre, ella manejó todo, los puso en cintura y hasta les vendió una idea muy llamativa, incluso los convenció de que eran unos genios y de que estaban perdiendo plata.

¡Por fin! Salimos de ese salón del demonio y nos dirigimos a las plantas y los animales. Lo único malo era que los animales estaban enjaulados, pero, según ella me dijo, no estaban ahí para exhibirlos, sino que habían llegado enfermos y se estaban recuperando antes de ser devueltos a su hábitat. Mi favorito fue el Tití Cabeciblanco (Saguinus oedipus), todo un personaje, muy bello, imponente a pesar de su reducido tamaño.  WhatsApp Image 2018-08-15 at 10.31.54 PM (1)

Brandon, un sujeto que también imparte clases allí y que es amigo cercano de ella, nos acompañó y nos ayudó a identificar las plantas. Recogimos hojas de árnica y de moringa. Y cuando llegamos al hayo (coca), noté que ella llevaba a cabo un ritual que me pareció casi irreal, le pidió permiso a la planta antes de arrancar sus hojas y le explicó que las necesitaba para un remedio, todo con mucha seriedad, respeto y humildad. Yo después de ver eso no fui capaz de arrancar una sola hojita en todo el lugar, y si alcancé a probar la flor del hayo, fue porque ella me la ofreció y la puso directamente sobre mi mano. Mientras tanto, me iba contando sobre las bondades de tan maravillosa especie. Parece que si una mujer orina o entierra una compresa con sangre de su menstruación al pie del hayo, puede curarse de los cólicos rápidamente.

–Eso te cuuura como no tienes idea –Me decía mientras movía los brazos asemejando el aire que entra a tus pulmones cuando respiras con fuerza.

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Ella y Brandon estuvieron intercambiando anécdotas de todo ese tiempo en que no se habían visto y recordando momentos que habían vivido juntos.

– ¿Te acuerdas de tal cosa, Brandon?
– Sí claro ¿eso fue hace como cinco años, no?
– Hace seis años. Yo todavía era novia de Fulano –Cambió su expresión de tranquilidad por una de tristeza– Todavía me duele. Cinco años y todavía me duele que hayamos terminado.

¡Caray! Y yo quejándome de que todavía me duele haber terminado contigo hace cuatro meses. Pero parece que tengo consuelo y tiempo de sobra. ¿Será que enterrar sangre de la menstruación al pie del hayo sirve para sanar ese tipo de heridas?

Cuando reunimos todo el material que ella necesitaba, nos fuimos los tres en una Dacia hasta mi casa. Yo me ofrecí a prestarle nuestro molino para que triturara las hojas después de tostarlas al fuego. Mi mamá estaba encantada con una visita que le enseñara tantas cosas sobre plantas y remedios y que imitara de manera tan acertada a los cachacos.

Finalmente, llegó el momento de decir adiós, ella debía hacer otra parada en la Carrera 38 para sacarle el aceite a una moña de marihuana que le tenían guardada, eso también lo necesitaba para el remedio. El remedio era para un señor gruñón que surge de fibromialgia, a todas estas. Le expresó muy sentidamente su gratitud a mi mamá por haberle permitido entrar a su casa aun siendo una completa extraña y por haberle prestado su molino. Me dijo que había sido un placer conocerme, que le caí muy bien, que soy genial, que sentía como si nos conociéramos de toda la vida. Me dio un abrazo laaaaaaaaaaaaaaaargo y me pidió que la agregara al fb. Se subió en un bus de Sodetrans en la esquina y la perdí de vista.

Ahora, aquí, yo expreso sentidamente mi gratitud hacia ti. Gracias por creer en mí más de lo que yo misma creo en ocasiones, por enseñarme que vale la pena hacer flexiones de vez en cuando. Hoy dejé de lado el miedo y el desinterés por un momento, hice amigos, fui profesora, conocí el Tití Cabeciblanco y el Hayo, aprendí sobre remedios naturales… y tantas cosas más que me conmueven y que me hacen pensar que todo puede ser mejor siempre si me lo propongo. Gracias de verdad.

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Perdón.

Hace un rato estaba en el baño lavando unos calzones. No sé por qué, pero me acordé de esa foto que publicó tu mamá una vez en WhatsApp, donde sales tú cuando eras bebé, recostado en el hombro de tu abuela, chupándote el dedo. Pensé en decirte algo al respecto, elogiarte con algún comentario gay, decirte que sigues siendo un niño tierno y hermoso, que me provoca llenarte los cachetes de besos… Luego recordé que debo empezar a dejar de escribirte cada vez que se me ocurre contarte alguna cosa, cada vez que me acuerdo de algo, veo algo, escucho o siento algo que me remite a ti. Y desde hace ratos soy consciente de que debo hacerlo, pero lo he venido posponiendo una y otra vez y otra vez. Porque es como si me dijeran que no puedo comer helado o ramen más nunca en mi vida. Muy difícil.

Pero creo que ya va siendo hora, es decir, terminamos hace cuatro meses, debí haberte superado por lo menos hace dos… y todavía te sigo hablando… y con qué frescura… como si nunca hubiese pasado nada. A veces tú también me hablas a mí,  pero la verdad es que yo no sé dejarte en visto, y mucho menos he sido capaz de bloquearte, así que por lo menos debería limitar los temas de conversación. Entonces, ya basta de decirte que te extraño, eso no hará que regreses; basta de recordar momentos vividos, eso tampoco hará que regreses; basta de pensar en un futuro contigo, de contarte mis secretos, ¡Basta!

Yo sé que quedamos en reunirnos nuevamente dentro de un año, pero no puedo volver a estar contigo sin antes estar segura de que puedo estar sin ti, y no es que dude de que sea capaz, sino que debo sustentarlo con pruebas. Por eso debo tomar distancia.

Así que he decidido finalmente, escribir, pero sin que puedas leer lo que escribo, por lo menos no por ahora. Y quién sabe si nunca. Vendré a este lugar cada vez que sienta deseos de contarte algo y lo dejaré aquí, donde no puedas verlo. Aquí quedará constancia de que no dejé de pensarte, ni de quererte… Es solo que no podía seguir diciéndotelo. Perdón.

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Vicky… (Primera parte).

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Vicky acaba de terminar su carrera de pregrado, no fue la mejor de su clase, ni recibió mención de honor, ni recuerda el nombre de la mayoría de sus profesores o algo de lo que le enseñaron, en realidad tampoco sabe cómo logró graduarse, nadie lo sabe. Pero de alguna manera u otra, obtuvo su diploma, y con una deuda millonaria aferrada a sus hombros, se dispone a comenzar su nueva vida como “profesional”.

-“Mi parte favorita de graduarme ahora, será evitar ver a mi oficial de préstamos universitarios”-.

Vicky trabaja como vendedora en el almacén de ropa  “El Gap”, y utiliza su sueldo para pagar lo que le corresponde del alquiler y los servicios del apartamento que comparte con su mejor amiga, Lelaina. Con el dinero que gana apenas sobrevive, sin poder darse el lujo de ir al dentista cada seis meses o de contratar a un abogado en caso de necesitarlo.

Además de Lelaina, Vicky comparte amistad con Troy, el líder de una banda de rock local no muy conocida, quien constantemente expresa su deseo de comprarle a todos una CocaCola, y su fascinación por los pequeños detalles de la vida. Y con Sam, Sam es atractivo, gracioso, sensible, inteligente, es el hombre perfecto, el amor de su vida, seguro que se casaría con él… Si no fuese gay.

-“La cosa es así, aunque Sam no quiera, yo lo arreglaré. Porque creo que si podemos poner a dos mujeres en la corte suprema, al menos podemos conseguirle una a él“-.

En sus ratos de esparcimiento, Vicky recorre los bares de la ciudad en busca de amores clandestinos, romances de una sola noche, aventuras fugaces, los requerimientos no son muchos ni muy estrictos, sólo alguien que luzca bien, que no diga tantas estupideces, que pague la cuenta y que traiga un condón en su billetera. Cada mañana después de sus encuentros casuales, saca un pequeño cuaderno que guarda en el cajón de su buró y anota; Nombre de la víctima y fecha del suceso. El último en esa lista es Ricky, o eso es lo que cree recordar en medio de su resaca, Ricky es el número 66. Nadie sabe hasta dónde llegará el conteo.

-“No me quiero casar porque veo cómo son mis padres. Han estado juntos como 26 años y ahora son como hermanos. Mi madre va al baño con la puerta abierta. Es asqueroso, no quiero nada de eso. Quiero los primeros besos, la pasión… Todo el recorrido y adiós. Eso es mejor que besar el trasero de tu marido todo el tiempo”.

A pesar de la falta de confianza en sí misma, Vicky es una buena empleada, tanto así que ha sido promovida a gerente del Gap:

-“No es la gran cosa, la antigua gerente trató de suicidarse comiéndose una planta entera de poinsetia, sólo fue suerte”-.

Vicky asiste a la clínica gratuita para practicarse la prueba del VIH, es lo que ella denomina “El ritual de paso para nuestra generación”. Al principio oculta sus nervios en una expresión de “¡Hey! estoy aquí de paseo, esto es como ir a un bar por un trago, sólo que aquí hay jeringas en lugar de shots”. Luego se sienta en la sala de espera y se queda muy quieta, sostiene su bolso con mucha fuerza y dirige la mirada al cuadro de imitación de Dalí que cuelga de la pared, sin mencionar una palabra.

–L: Vicky, ¿por qué te harás el examen?-.

–V: A uno de mis amigos le dio positivo, es para estar segura, tú sabes-.

Vicky…

Vicky no es mi vecina, ni mi prima, ni mi cuñada, ni la amiga de una amiga, aunque podría serlo, ó podría ser la vecina, hermana, cuñada o la amiga de alguien más.  Vicky en realidad, no es más que un personaje de ficción que saqué de una película de Ben Stiller del 94. Muchas cosas que dije sobre ella las inventé, quienes vieron el film deben saberlo a estas alturas. Pero no me juzguen, por favor, tuve que hacerlo, la guionista no dio mucha información acerca de este personaje no-protagónico aparte de las líneas textualmente citadas a los largo de este documento.

Sin embargo, para mí, fuera de la pantalla y fuera de la imaginación, Vicky es tan real como el mar azul, estoy segura de que existe en algún lugar, que habita en algún cuerpo humano vulnerable, hasta podría ser yo misma. No es que me considere capaz de acostarme con 66 hombres diferentes,  pero dejando de lado el tema de la promiscuidad por un momento, nos queda eso de no ser el protagonista de la historia, lo cual podría llegar a ser revelador si se hace una pequeña reflexión al respecto. Los personajes secundarios son más cotidianos, más reales, sin tantas características ultra especiales, nunca son los elegidos, comprenden mejor el rechazo y la frustración, asimilan mejor los sentimientos negativos.

Lelaina es la protagonista, sus padres le pagaron toda la carrera universitaria, Vicky por el contrario tuvo que ofrecer su alma a cambio de ese préstamo a mediano plazo. Lelaina se mortifica porque no sabe a quién elegir entre los dos hombres que la pretenden, Vicky quisiera que por lo menos un hombre en su vida la pretendiera de esa manera.

–V: ¿No deseas a veces ser lesbiana? ¿No crees que sería mucho más fácil?

–L: A veces sí, pero no, no podría hacerlo, me empezaría a reír o algo por el estilo.

–V: Es una lástima porque ya terminé con los hombres. Si otro tipo me deja, no tengo idea de lo que haría. Te lo juro.

–L: ¿De qué estás hablando? ¿Que te dejan? Tú eres quién los deja. Te he visto hacerlo. Te vas antes de que se saquen el condón.

–V: Yo nada más me les adelanto un poco. Antes de que ellos lo hagan. Sé que a la larga lo harán.

–L: Ok, como digas.

Lelaina está furiosa con Troy porque este se fue de viaje sin avisarle. Vicky en cambio pasa noches sin dormir esperando los resultados de su prueba.

–V: Ni siquiera sabes que estoy… sentada aquí… probablemente muriéndome de SIDA… Y estoy completamente sola.

–L: Vicky… tú no estás sola…

–V: ¿Entonces dices que sí me estoy muriendo de SIDA?

–L: ¡Nooo! Claro que no. Eso es algo que aún no sabemos, pero… Vicky, todo va a estar bien, te lo prometo,  resolveremos esto.

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Resolveremos esto…

          Resolveremos esto…

                    Resolveremos esto…

                            Resolveremos esto…

                                   Resolveremos esto…

                                           Resolveremos esto…

Continuará…

La 79.com

Tengo una amiga que es 16 días mayor que yo, somos diferentes en muchas cosas y de muchas maneras, por ejemplo; Ella es acuario, su piel es trigueña, lleva el pelo largo, siempre usa sandalias, ve películas cómicas dobladas, se come tres panes de mantequilla con mortadela y le gusta el helado de chocolate de Popsy. Yo soy piscis, mi piel es morena, llevo el pelo corto, siempre uso tenis, veo películas de drama subtituladas, sólo me como dos panes de mantequilla con mortadela y me gusta el helado de vainilla de McDonald’s.   

Pero también tenemos nuestros temas en común; Entre las dos casi siempre nos tomamos un litro de Coca-Cola, nos reímos por estupideces, lloramos viendo “Yo soy Sam”, las dos queremos conocer Vancouver  y nos gusta el Nestum de trigo-miel.

Cuando ella era soltera, vivía en casa de su padrastro con su madre y sus hermanos menores, la casa queda en una esquina bastante concurrida del barrio, la primera planta está ocupada por una tienda de abarrotes llamada “La 79.com”, y subiendo unas estrechas escaleras de madera, se llega al segundo piso donde se encuentran las habitaciones, el baño, la cocina, el comedor, la sala de estar y el balcón, en el cual nos sentábamos en ocasiones a parlotear mientras criticábamos la forma de vestir y de caminar de las víctimas inocentes que por allí pasaban.

Nunca supimos de qué manera o en qué momento comenzó nuestra amistad, pero de un momento a otro yo ya me encontraba visitándola más de tres veces por semana, hasta muy tarde cuando habían bajado las esteras de la tienda y nos tocaba pedirle a su madre las llaves para abrir el candado de la puerta trasera por donde nunca nadie salía, excepto yo. Ella siempre les ha llamado “visitas” a mis recurrentes invasiones a su espacio personal, en ese entonces yo cada vez que podía la visitaba, y si pasaba más de dos días sin hacerlo ella se quejaba de mi abandono. Cuando entré a la universidad tuve que dejar de visitarla con tanta frecuencia debido a las obligaciones académicas, pero a veces amanecía sin ganas de ir a clases y me escapaba al que yo llamaba “mi refugio”, el lugar donde podía esconderme sin ser encontrada. Lo cierto es que a pesar de ser un lugar tan caótico, por el ruido de tanta gente entrando y saliendo y el desorden imperante, allí yo me sentía tranquila, apartada del mundo y en confianza.

Hace casi tres años, ella se casó y se mudó con su esposo y su bebé a un apartamento que arrendaron en el mismo barrio, a una distancia prudente de mi casa y también de la casa de su madre. El apartamento también se encuentra en el segundo piso de una esquina, pero en esta esquina no hay tienda y todo se siente mucho más tranquilo, el balcón tiene vista a una calle por donde no pasan buses ni carros, los perros pasean tranquilos y los niños juegan futbol en las tardes, al final de la calle se encuentra  un terreno vacío con potencial para convertirse en parque algún día, tiene algo de pasto no tan verde, algunos árboles no tan frondosos y unos troncos dispuestos por los vecinos como asientos, allí las personas llegan a disfrutar de la brisa fresca, algunos fuman hierba y perfuman el ambiente, otros sólo divisan el panorama.

Imagen Mi amiga se queja de que siempre debe persuadirme demasiado para que yo le cuente mis cosas, porque voluntariamente nunca lo hago, sin embargo ha llegado a conocerme mejor de lo que jamás lo haré yo misma, puede predecir mis reacciones y mis respuestas de una manera casi sobrenatural, y a pesar de que me considera un bicho raro me acepta como soy, me cuida y no me deja morir de hambre, cuando la visito hace comida de más para darme a mí, dice que yo soy su hija adoptiva y que en algún momento espera que le retribuya cada una de las veces que me ha alimentado, las cuales han sido tantas que es imposible llevar la cuenta y la verdad no creo que me alcance la vida para pagar todo eso. Tampoco tengo que avisarle mi llegada con anticipación, basta con ponerme al pie del balcón, gritar su nombre, y a los 15 segundos me caen misteriosamente las llaves del cielo. Me gusta ir a visitarla porque es un lugar calmado y apartado, nadie en mi casa sabe dónde queda y puedo esconderme allí todo un día si es preciso.

Con el tiempo he comprendido que un refugio no necesariamente es un lugar, que también puede ser una persona o incluso un sentimiento, y que en realidad no era en la 79.com, ni en el apartamento de la esquina donde me refugiaba, era en mi amiga, que aún me sigo refugiando en ella, y sé que sin importar a donde se mude, si está casada o soltera, o si tiene uno o 36 hijos, siempre encontraré reconfortante su presencia, siempre me refugiaré allí.  

Luces, cámara y adiós.

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El día de ayer estuvo demasiado caluroso, sudé como muy pocas veces lo hago y como tanto detesto hacerlo, y más si estoy fuera de casa donde no puedo hacer nada al respecto como desnudarme frente a un ventilador. Así que estaba junto a la avenida, esperando un bus que me acercase un poco a mi destino, sentía como las molestas gotas saladas recorrían mi espalda y me dieron ganas de devolverme a mi casa y bañarme con agua helada, pero tenía un compromiso que cumplir así que debía resistir.

Por fin me subí al bus, la brisa caliente que entraba por la ventanilla aligeró un poco la sensación de infierno, pero aún así sentía deseos de que la ciudad se congelara misteriosamente por un instante, y en un intento desesperado por distraer mi mente un poco, saqué mi teléfono del bolsillo trasero de mi pantalón y los audífonos del bolsillo delantero de mi bolso, los conecté y me dispuse a escuchar música. A decir verdad la música no estaba funcionando tanto como lo hacían las imágenes que veía del camino; personas esperando para cruzar la calle, los perros callejeros hurgando en las pilas de basura y tomando agua de los charcos verdosos, los vendedores de limonada, las faltas ortográficas de algunos anuncios publicitarios hechos a mano, el arte callejero en los puentes peatonales, unas pequeñas flores amarillas que crecen en grupitos que solo se ven una vez al año y que se distinguen claramente entre la maleza y los arboles casi muertos que las rodean.

En medio de mi estado de trance ante las múltiples imágenes aleatorias de la calle, noté que un anciano coleto se subió al bus, por coleto me refiero a que se veía fuera de lo común para una persona de su edad, aunque en realidad no tengo idea alguna de cuántos años tenía, pero por lo menos soy capaz de distinguir entre una persona que es joven, una que es adulta y una que es vieja, y sé que él era un viejo. Pero no vestía de pantalón clásico y camisa de rayas como los viejos normales, en lugar de eso tenía una camiseta gris con vivos negros, un pantalón camuflado azul que le llegaba un poco más abajo de las rodillas, unos zapatos deportivos negros estilo skate, calcetines blancos hasta los tobillos, una cadena guindando de la pretina de su pantalón que se balanceaba de un lado a otro cada vez que él daba un paso, una manilla gruesa de cuero en su muñeca izquierda, el cabello absolutamente blanco con un peinado rebelde, noté que tenía varios tatuajes en sus brazos, pero no alcancé a detallar las formas.

La estampa de ese viejo desconocido, que aún continuaba en el bus cuando yo me bajé en la carrera 51b, me llenó de dudas acerca de su vida, ¿Cómo habrá sido en su juventud?… Bueno, realmente esa es la única duda, no me dio tiempo para más. No tengo respuesta a ese interrogante y dudo mucho que me lo vuelva a encontrar otra vez y tenga el chance de preguntarle, y aunque lo tuviese seguro me faltarían las agallas, así que me conformo con la imaginación y con pensar que alguna vez fue un joven apuesto, temerario y sensible que sufrió mucho en su niñez y que al final encontró una razón para ser feliz, como el protagonista de una película de acción, el que salva a la chica de morir como rehén de alguna mafia extranjera en una bodega de combustibles en llamas y a punto de explotar.

Definitivamente hay personas que nacieron para ser protagonistas y otras que no alcanzan ni a llegar al papel secundario, hace tiempos pensaba que en el hipotético y poco probable caso de que llegase a suceder algo extraordinario como en esas películas apocalípticas, yo sería la encargada de salvar a la humanidad, todos pondrían sus esperanzas en mí, yo no los defraudaría y al final me aplaudirían y me nombrarían presidenta de la nación, o en caso de que muriera en el heroico acto pondrían cada uno una pequeña piedra sobre mi tumba que se encontraría al lado de la tumba de Keanu Reeves. Si se tratase una comedia romántica, yo sería la chica de la que todos se enamoran al final, la que rechaza al chicho que nunca le prestó atención y termina con el que nunca se imaginó que terminaría pero que resultó siendo el indicado para ella, y así con todos los géneros.

Pero hoy en día no me tengo tanta fe ni tanta confianza, así que corriendo con suerte tal vez pueda llegar a ocupar un papel menos importante, como la profesora de arte de los hijos del empresario viudo que escribe libros de autoayuda, la camarera del restaurante a mitad de la nada donde el policía llega por unas tostadas con mantequilla y un café cargado, o la enfermera del asilo encargada de cuidar a la madre con alzhéimer de la cirujana cuya vida es un caos desde que su esposo fue a prisión por tráfico de drogas. Con cero posibilidades de ganar el premio Oscar, ni siquiera como mejor actriz de reparto, por lo menos no en esta ocasión, no en esta película a la que le llamamos vida.

¡Corten!

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Steve Jobs no cuenta.

Tengo tanto tiempo libre como cualquier persona de mi edad desearía, pero muy poca energía y ganas para usarlo en algo productivo, lo cual me enferma profundamente.  Podría escribir una lista de cosas por hacer, pero de seguro ahí mismo encontraría una excusa para posponer cada una de ellas. Así que, ya que he hablado anteriormente de mis propósitos para este año, sería conveniente comenzar a enumerarlos, es decir, ya debería a estas alturas tener alguno claro, pero parece que no todo es como debería ser.

El otro día me levanté a mediodía con un grito de mi madre: “¿HASTA QUE HORA PIENSAS DORMIR?”….. “¿COMO ES POSIBLE QUE SE TE OCURRA DORMIR HASTA SEMEJANTE HORA?, ESTÁS VIENDO LA SITUACIÓN EN QUE ESTAMOS, SABES QUE TU PADRE ESTÁ EN HUELGA Y QUE NO SABEMOS HASTA CUANDO DURE TODO, Y TÚ SÓLO PIENSAS EN DORMIR. NO HAZ HECHO NADA POR CONSEGUIR UN EMPLEO”. Estas y otras cosas dichas a gritos que no recuerdo y realmente no quiero recordar, le faltó decir: “ERES UN DESPERDICIO DEL MALDITO ESPACIO QUE OCUPAS”, aunque de seguro lo pensó.  Pero todo indica que se trata de un aviso importante para que deje mi holgazanería a un lado de una vez por todas. Después de todo ya lo tenía pensado desde hace un buen tiempo, no sé por qué tuve que esperar a que me insultaran para decidirme.

Así que en mi intento desesperado por hacerme creer a mi misma que estoy haciendo algo por mejorar mi vida, encontré la página web de un callcenter que opera en mi ciudad, envié mi solicitud de empleo justo donde decía: “trabaje con nosotros”, esperando recibir noticias pronto para empezar a ganar dinero mensualmente y comprarme un instrumento musical con cada paga, y tal vez colaborar un poco (muy poco) en los gastos de la casa.

Hoy recuerdo que más de una vez he mencionado las palabras: “Odio profundamente a los de los callcenters”, luego de recibir una llamada de cobro de alguna entidad financiera y haber mantenido una odiosa conversación con algún cachaco infeliz que de dirigió a mí como “Señora”. Lo cierto es que por más veces que le haya mentado la madre a esa pobre gente que sólo cumplía con su trabajo, por más de que me haya cambiado el nombre cuando insistían en que se los dijera, por más que les haya tirado el teléfono o de que los haya dejado hablando solos, lo más seguro es que si me llaman o me envían un correo electrónico o lo que sea, terminaré pasándome al lado oscuro, terminaré tristemente convirtiéndome en una de las personas que tanto he odiado. Y seguro a mí también me odiaran.

Mientras tanto recuerdo que uno de mis planes más importantes del año (anotaré esto en mi lista de propósitos) es inscribirme en el programa de música de la universidad pública, esperando contar con el talento suficiente, o por lo menos con un poco de suerte para quedar. “Licenciatura en música”, aparece en la listas de programas de pregrado de la dichosa institución ¿Por qué no es simplemente música?, ¿Para qué el “licenciatura”?, ¿Por qué me obligan a compartir mis conocimientos con otros babosos en el futuro?”. Pero de no ser así, no habría nadie que me ensañase a mí. Y también recuerdo que he odiado a casi cada profesor que he tenido en mi corta vida, he odiado a los de matemáticas por querer hacerme creer que su materia es la más importante, a los de educación física por obligarme a romper mi sedentarismo una vez a la semana con ejercicios mal hechos que me dejaban doliendo las piernas, a los de química por aburrirme profundamente, a los de biología por creerse los más conscientes ante el cambio climático, a los de sociales por insinuar que no era lo suficientemente culta y conocedora de los hechos importantes, a los de español por no enseñarme más sobre el romanticismo o Virginia Woolf, a todos en general por querer simplemente imponer su tiranía y tratar de embutirme información, por no tomarse su tiempo para analizar de que manera habría sido más fácil para mí asimilar lo que me decían, o por pretender que de antemano supiera cosas que jamás en mi vida había escuchado antes.

¿Para qué demonios quiero entonces estudiar licenciatura en música si odio a los licenciados?, me convertiré simplemente en alguien que odio si sigo ese camino. Pero, ¿Dónde está escrito que debo repetir la historia?, tengo muchas opciones a mi alcance para evitar mi destino final. Estudiar en la universidad privada en la que el semestre de solo música sin licenciatura cuesta varios millones que yo no tengo, seguro que no es una de ellas. Podría simplemente no estudiar y aprender a mi modo la información que requiero para mi vida profesional, pero eso es lo que estoy haciendo ahora y no me está funcionando, además hoy en día nadie toma en serio al que no fue a la universidad (Steve Jobs no cuenta). Entonces podría estudiar licenciatura en música e ignorar la parte de la licenciatura después de graduarme, dedicarme sólo a la música.

Ahora digo (Quizás mañana me arrepienta): “Esta es mi oportunidad de cambiar la historia”, yo puedo interferir en el curso de los eventos, puedo ser la primera licenciada no odiada del mundo, o por lo menos la menos odiada de todas. Si, ya sé que suena demasiado optimista viniendo de mí, pero para algo los sueños son gratis; los sueños, las sonrisas, los abrazos, los besos, mirar al cielo…

 

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Unión libre

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El sábado pasado fui a casa de un amigo a visitarle, llevábamos mucho tiempo sin vernos, no sé exactamente cuantos meses, pero sé que eran muchos. Cuando llegué me encontré con la sorpresa de que se había casado con su novia de siempre, pero lo curioso es que ninguno de los dos me hizo llegar la noticia antes, como si lo hubiesen hecho a escondidas, por eso me tomó un par de minutos asimilarlo, aunque no es que se trate de mi mejor amigo de todo el mundo, pero creí que teníamos más confianza. De haberme informado algo tal vez habría mandado una tarjeta de felicitación, un detalle pequeño, les habría llamado, o simplemente no habría hecho nada (que es lo más probable y la razón por la que no les hice ningún reclamo). Pero a pesar de mis dudas las evidencias eran claras: la cama doble en la habitación,  el televisor nuevo, los bolsos de mujer en un sillón, mi amigo planchándole el cabello a ella, el edredón rosado… y tal vez habría otras cosas más que yo no noté, me pareció inapropiado detallar minuciosamente la habitación en presencia de ellos.

Mientras él terminaba con su ardua tarea nos vimos una película que me produjo malestar estomacal, no quise ni preguntar el título porque espero no volver a saber nada de ella. Luego fuimos los tres a comer helado al centro comercial.

La cuestión de todo esto no es tanto que mi amigo se haya casado, sino que me hizo preguntar ¿por qué la gente se casa?, un amigo de mi padre dice que los hombres se casan para tener sexo fácil y seguro, y porque un hombre por sí sólo es incapaz de formar un hogar, yo que soy mujer, no sé por qué otras mujeres se casan. En general no entiendo como alguien es capaz de prometer que amará a otra persona hasta el fin de sus días, si es tan fácil cambiar de opinión y el futuro es tan incierto.

Yo siempre digo que no me quiero casar por ahora, pero tampoco sé cuánto tiempo es “por ahora”, ese día que pasé con mis amigos recién casados, cerré mis ojos y deseé que no fuese nunca. Pero lo cierto es que tampoco me desagrada la idea de poder dormir con alguien todas las noches, es decir, a veces cuando en mi casa hay visitas me toca compartir mi cama con algún familiar, pero ese no es el caso al que me refiero, donde uno despierta a mitad de la noche con un codazo en la frente o un puñetazo en el estomago, no, yo me refiero a dormir con alguien con quien compartas un vinculo o una conexión especial, alguien que pueda abrazarte a mitad de la noche si hace frió o que no te moleste con su roce si hace calor, alguien que disponga su pecho de almohada para arrullarte con los latidos de su corazón y que sus manos sean para tu piel como la luz de la luna que se refleja entre las sombras, que te cuente al oído las historias que aún les falta por vivir y te describa los lugares que aún les queda por conocer, alguien que sea la calma tras la tempestad de un mal sueño y a quien le puedas agradecer con caricias el estar ahí contigo protegiéndote de la soledad de la noche, del insomnio y de tus propios demonios… Alguien a quien amar.

Pero para eso no es necesario casarse, menos mal existe algo llamado “unión libre”, para no hacer ninguna promesa y por ende no tener que romperla, porque en cualquier momento todo puede cambiar, y esa misma cama que alguna vez sentiste demasiado grande y vacía, puede llegar a parecerte demasiado pequeña como para compartirla, aunque haga todo el frío de este mundo.